Cuando los niños son etiquetados

 Durante muchos días algo me ha hecho reflexionar sobre como los míos se sienten con las etiquetas que se les ponen en el colegio. 

Mi hermano, que tiene ocho años y va a tercero de primaria, me contó que en su colegio separaron las clases de matemáticas en dos grupos: uno de los “mejores” y otro de los “peores”, dicho tal cual por él. 

A simple vista puede parecer solo una manera de organizar la enseñanza, pero cuando los niños son tan pequeños, estas etiquetas pueden marcar su forma de verse a sí mismos y afectar en su motivación. Un niño de ocho años todavía está descubriendo qué es y de qué es capaz, y escuchar que pertenece al grupo de los “peores” puede hacer más daño de lo que pensamos. 

Mi hermano me contó que al principio no entendía muy bien por qué algunos compañeros iban a un grupo y otros a otro. Algunos niños de hecho estaban felices de estar en el grupo “bueno”, mientras que otros se sintieron tristes. 

Lo que más me impactó es cómo esta separación, que quizá para algunos profes o padres es inofensiva, ya hace que los niños se comparen entre sí. Algunos tienen que demostrar algo para encajar  y empiezan  a pensar que no son tan inteligentes como sus compañeros, cuando lo único que necesitan es un poco más de tiempo o una explicación diferente. 

Separar a los niños en “mejores” y “peores” no solo va afectar a la confianza en sus capacidades, sino también en la forma en que ven el aprendizaje.  Algunos niños se pueden sentir muy motivados, pero otros pueden empezar a pensar que no son capaces

A esta edad, lo más importante es fomentar esa curiosidad, el esfuerzo, la ayuda entre ellos y no la competencia. Cada niño tiene su ritmo  y aprende de maneras distintas y lo que hoy parece un grupo “malo” no debería definir como son y lo más importante, cómo serán en un futuro. 

Como futuros docentes, es fundamental enseñarles que equivocarse está bien, que pedir ayuda no es vergonzoso y que el aprendizaje no debería tener etiquetas. El niño que se siente seguro y apoyado tiene muchas más probabilidades de desarrollar el amor por aprender, que el que se siente juzgado, pudiendo llegar  a desconectarse de las clases que antes le gustaban. 

En conclusión, ningún niño debería sentirse “malo” o “inferior” por aprender a su propio ritmo. Las etiquetas pueden tener un impacto más profundo de lo que imaginamos, y los niños todavía están formando su autoestima y su visión del mundo.

El  mensaje que tenemos que transmitirles es claro: el aprendizaje es un viaje, no una competencia y cada pequeño esfuerzo cuenta. Enseñarles esto puede ayudarles a sentirse en un futuro más seguros, curiosos y empáticos. 

Comentarios

  1. Me ha gustado mucho como has contado algo tan importante como son las etiquetas. Yo creo que si se encasillan a los alumnos desde pequeños, hacen que pierdan toda o prácticamente toda su autoestima. Además, me gusta que hayas hablado desde la experiencia de tu hermano. Tengo muchas ganas de seguir leyendo!!!

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